Mate y va. Y avanza, Uruguay, la cuarta semifinalista de la Copa América. La que sabe a qué juega, la desató los abrazos de Marcelo Bielsa, equilibrando su emoción con la destreza para mantener su carpetita bajo la axila. El que tuvo una esperada revancha contra Brasil después de la dolorosa final perdida allá por 2004. No sin un suspenso innecesario por su portación de impronta ganadora.

Uruguay pudo ganarle antes a Brasil, sin necesidad de ir a la serie, sin tener que depender de ese atajadón de Sergio Rochet. Pero de algún modo se complicó sola. En Las Vegas no se jugaron 90 minutos: los 16’ posteriores a la expulsión de Nández fueron algo parecido a un alargue excesivamente largo. En el que, por caso, la Celeste no pudo sostener lo que hasta ahí la estaba arrimando al arco de Alisson: la seguridad para dominar desde la impronta a partir de la estética del pase que inculca Marcelo Bielsa con la intensidad propia de su esencia. Distribuyendo desde el criterio y el pie elástico de Federico Valverde, intentando romper con De la Cruz y pisando la zona de gatillo aunque con un Darwin Núñez demasiado incómodo para definir producto de la fortaleza del pack Militao-Marquinhos.

Lo único sólido de un equipo que lejos está de funcionar como tal. Y lo pagó con una derrota que lo priva de pelear por un lugar en el podio.

Tristeza nao tera fim hasta que Brasil no recupere su idiosincrasia. La sensación de crónica provisoriedad que viene la distinguiendo a desde la salida de Tite se ha transmitido por ósmosis al juego del Scratch: ahí estuvo el contraste con un Uruguay que sí arriesgó.

Sin saber bien qué quiere hacer, Dorival le rezó a un chico de 17 años (Endrick) para reemplazar a su figura ausente (Vinicius), mezcló en su cubilete las fintas inconclusas de Rodrygo con los mano a mano filosos de Raphinha y el criterio de Paquetá, que paradójicamente se apagó en la ciudad con más lúmenes del planeta.

El resultado: una serie de toques al compañero, poco disruptivos, contraculturales con una selección cuyo manual de operaciones siempre le exige atrevimiento, voracidad, además de ciertos arrestos de descaro.

Uruguay -personificado en la irresponsable patada de Nández, demasiado cerca del área y del clímax del partido- fue el que dejó que Brasil intentara parecerse en algo a lo que históricamente fue. Durante un rato, apenas: con Douglas Luiz y Savinho abiertos, Dórival Jr. intentó agrietar a un rival que no obstante se recompuso de lo que pudo haber tumbado a otro cuadro: una roja en un momento sensible.

Rochet, una de las figuras. (AP)
Rochet, una de las figuras. (AP)

Sin lograr aguijonear más que con un tiro libre desviado de Valverde: el contexto ya no le permitía salirse de un estilo más conservador.

Quizás otro mérito para la Uruguay del Loco fue el no desgastarse en esos últimos minutos de tensión y concentración. Para llegar a la serie con la misma confianza con la que jugó el partido. Rochet la encarnó en su volada para desviar el remate de Militao. Guantazo que sacudió el balón y la esperanza brasileña de un milagro en la serie.

Para encarrilar el triunfo y avance de un seleccionado que contra Colombia, en Carolina del Norte, intentará llegar a una nueva definición. Como la de 2011. Para volver a celebrar, como Loco, un nuevo título en Sudamérica.

Uruguay es el último semifinalista. (AP)
Uruguay es el último semifinalista. (AP)